Cuando a comienzos de 330 a.C. las tropas de Alejandro entraron triunfalmente en Persépolis, la fabulosa capital del imperio persa mandada construir en su momento por Darío I, no debieron encontrar nada fácil dar crédito a la vista que les ofrecían sus ojos.

Por un lado, mientras subían las amplias, diríase que infinitas, escalinatas de las Puertas de Jerjes, eran conscientes de que estaban tomando posesión del objeto simbólico que servía para justificar ideológicamente todas las campañas persas, “la ciudad más odiada del mundo” en palabras del temible líder de los macedonios, el lugar que había que destruir para vengar la memoria lejana del saco persa de Atenas ocurrido ciento cincuenta años atrás.
Por otro, no es arduo conjeturar que debían de sentirse absolutamente deslumbrados por la maravilla sin precedentes que les era dado contemplar en esos momentos. Cada detalle de las explanadas y los salones de entorno del palacio real (donde según sabían hasta 10.000 cortesanos solían reunirse para saludar la llegada del año nuevo persa), daba testimonio de una riqueza y gloria inconmensurables, así como los magníficos relieves, trufados de adornos de oro, lo hacían de los embajadores de más de 35 países (incluida la lejana India, a la que aún no sabían que acabarían fatalmente dirigiéndose) que habían hecho cola en esas mismas estancias no hacía demasiado tiempo para entregar sus valiosas ofrendas y recibir a cambio las bendiciones del gran rey Darío y su Dios de la Sabiduría. En resumen, todo lo que desde entonces ha pasado a representar en nuestro imaginario la idea del lujo asiático.
Nada de ello, sin embargo, podía prepararles para el asombro sentido ante la magnitud del tesoro, que encontraron intacto ante la huída precipitada de Darío III. Un tesoro fastuoso más allá de las palabras que serviría para financiar las campañas de Alejandro más allá de los límites del mundo conocido tal como se los enseñara su maestro Aristóteles cuando sólo era un niño.
La rendición sin resistencia de la ciudad, el hecho de que no tenía sentido destruir algo que ahora le pertenecía por derecho, su habitual estrategia de intentar siempre ganarse a la población conquistada, son razones que no ayudan a comprender la destrucción casi total de Persépolis ordenada por Alejandro unos meses más tarde, por mucho que las fuentes clásicas hayan aireado el impulso de vengar lo acontecido en el siglo anterior en Atenas. Lo cierto es que desde entonces, una de las ciudades más legendarias de la Antigüedad quedó reducida a la lamentable condición de ruina y expuesta a un destino caprichoso y accidentado (hace tan sólo treinta años fundamentalistas islámicos intentaron arrasar lo que quedaba de ella con motoniveladoras) pese a la labor de algunos abnegados arqueólogos como los miembros del Departamento de Teherán del Instituto Arqueológico Alemán, fundado ahora hace exactamente cincuenta años.
Con motivo de este aniversario el Pergamonmueum de Berlín organiza una exposición hasta el próximo cuatro de marzo (http://www.smb.museum/smb/kalender/details.php?objID=31882) dedicada al relato de la trayectoria y los hallazgos arqueológicos (desde la Prehistoria a la dinastía Qajar) del Instituto en territorio iraní en estas últimas cinco décadas.
Se trata de una exposición apasionante que no debe perderse si alquila apartamentos en Berlín incluso si no es usted demasiado aficionado a la arqueología. Es de las que crean perdurables aficiones de las buenas.











Traducidos por: Heloise Battista








