Incluso entre los más acérrimos defensores de Coldplay, que en su presente campaña de dominación mundial ofrecerán un concierto en el impresionante O2 de Berlín el próximo 21 de diciembre, (http://www.o2world-berlin.de/ShowEvent/505/Coldplay.html), no sería tal vez demasiado difícil encontrar a gente dispuesta a aceptar que la originalidad no es precisamente quizás la mayor de sus virtudes. Después de todo se trata de una banda que ha recibido acusaciones de plagio al menos en sus dos últimos discos.

El determinar si algo es plagio, tributo, homenaje o guiño constituye una cuestión demasiado compleja y delicada como para que tengamos aquí la tentación de erigirnos en jueces de ningún tipo. El propio Picasso parece haber dicho en cierta ocasión que los grandes artistas copian mientras que los genios roban directamente. Después de todo el robo es uno de los artes más difíciles y delicados y el valor de la acción no consistiría en la cosa en sí sino en la manera en que ésta se realiza, es decir en cómo se roba. He ahí donde reside la verdadera excelencia de la que habla la filosofía griega—al menos antes del desprestigio de presocráticos y sofistas iniciado con los tendenciosos, aunque hermosísimos, diálogos platónicos—que ofrecen, dicho sea de paso, su propio y espectacular catálogo de magníficos hurtos.
Por tanto, quizá lo de menos sea que la historia, pues se trata de un álbum-concepto, del último disco de Coldplay nos suene tan conocida: La rebelión, con un final feliz donde el amor lo conquista todo milagrosamente, contra los abusos de un régimen opresivo situado en una vaga distopia futurista protagonizada por unos chicos rebeldes y salvajes inspirados por el poder de la música rock. Importa tal vez algo más que Chris Martin, el cantante de Coldplay (como el resto de los miembros de la banda el prototipo del chico bien educado y debidamente concienciado, es decir en su aristotélica justa medida, que toda madre o padre de lo que se da en llamar centro-izquierda moderado querría de novio para su hija, o incluso, forzando un poco las cosas, hijo) se encuentre sensiblemente fuera de registro dando voz al líder de este grupo de jóvenes indomeñables y peligrosamente subversivos que roban coches, visten la ciudad de disturbios y hacen arder las calles con sus incontrolables revueltas.
O el hecho de que la historia venga servida por la habitual colección de clichés, generalidades y lugares comunes que pueblan el universo lírico y musical del grupo, preocupado, según sus propias y significativas declaraciones recientes, por tener que competir con la energía joven de los sin duda impactantes talentos emergentes de Adele y Justine Bieber.
Claro que probablemente nadie vaya a un concierto de Coldplay o compre uno de sus discos esperando encontrar la esencia de la rebelión o de la poesía y sí melodías con gancho arropadas en unas texturas capaces de pasar por sofisticadas y elegantes incluso en sus momentos más pretenciosos, que no escasean.
Mylo Xyloto, cuyo número más brillante lo protagoniza la deslumbrante aparición de Rihanna en el logrado electro-pop de Princess of China tiene su buena ración de ellas como para que los fans de Coldplay se sientan adecuadamente satisfechos. Si es usted uno de ellos y alquila apartamentos en Berlín por estas fechas, no se pierda su esperadísimo concierto.



















