Es tal vez difícil imaginar hoy en día, inscritos en el mundo digital, olvidado el arte de la espera, cuando todo, incluidas naturalmente las imágenes fotográficas, tiende a ser directo e instantáneo, la incomparable emoción de sentir que una imagen se formaba en cuestión de segundos, como un pequeño ser asomándose por primera vez a la vida, en el calor de nuestras manos. Las emulsiones formaban una danza imprevisible de colores sobre los cuales podíamos intervenir rayando, dibujando y pintando, en el corto espacio de tiempo, para la percepción actual probablemente larguísimo, en donde se decidían colores y formas. Estas instantáneas estaban investidas de una cierta naturaleza oracular que las convertía en auténticos arcanos y les confería indiscutibles propiedades mágicas sin perder simultáneamente ni por un momento un pulso y un latido rabiosamente contemporáneos. Era la de las polaroid, pues de eso estamos hablando, una estética fugaz, caprichosa, improvisada, lúdica, leve y espontánea que ofrecía en forma de imagen mercurial y palpitante inquietantes portales de acceso a otros tiempos que más bien semejaban (muy especialmente cuando se fotografiaban películas en televisión y otras imágenes) el mundo de los sueños o diferentes y paralelos planos cuánticos.

Pocas sensaciones más inquietantemente estimulantes, no importa la cantidad de veces que lo hiciéramos, que la de aguardar la visión de nuestra propia materialización, y la de ese mundo nuestro del que siempre esperábamos inexplicables transformaciones prodigiosas e inexplicables, en la textura plástica inconfundible del papel polaroid.
En principio pues, la Polaroid ofrecía una práctica fotográfica (sigue existiendo, pero me fuerza invenciblemente a emplear un tiempo de pasado evocador y ensimismado algo parecido a la añoranza) que, pese a lo extenso de su uso por parte de un buen número de fotógrafos de estudio para hacer pruebas previas, parece estar en las antípodas de la incomparablemente sofisticada y subversiva forma de manipular la elegancia del cuerpo humano del gran Helmut Newton (1920-2004), probablemente uno de los fotógrafos más importantes de todos los tiempos.
Sin embargo, Newton era uno de esos fotógrafos a los que les gustaba sacar polaroids en los platós de moda para usarlas como borrador o prueba de sus posteriores tomas de acabado perfecto. Precisamente por la perfección habitual de sus rotundas y estudiadas imágenes, cuando en 1992 Newton decidió publicar una selección de esas polaroids en el libro Pola Woman, muchos críticos parecieron no estar dispuestos a perdonarle que se hubiera alejado de su escrupulosamente cuidada estética. Naturalmente esto a Newton estuvo muy lejos de perturbarle. De eso, pensaría, era precisamente de lo que se trataba, entregarse a la fascinación evanescente, alquímica y absolutamente excitante de esas imágenes rápidas y espontáneas.
Ahora, la Fundación Helmut Newton de Berlín (http://www.helmut-newton.de/) expone por primera vez al público hasta el próximo noviembre 300 de esas polaroids en una muestra que además contrasta en algunos casos las instantáneas con la toma definitiva en gran formato, aunque tal vez lo más interesante sea leer asimismo los comentarios que el propio Newton escribía en el marco blanco.
Paul Oilzum
Se trata de una exposición cautivadora que recupera la estética única de las polaroids y viene acompañada por un excelente catálogo editado por Taschen, editores además del extraordinario Libro Polaroid, altamente recomendable. No se la pierda cuando alquile apartamentos en Berlín








June 29th, 2011 at 7:34 am
Me daría con un canto en los dientes para poder ver la #expo "Las #polaroids de Helmut Newton en #Berlin" http://t.co/6NzpBWS
June 29th, 2011 at 8:13 am
Las polaroids de Helmut Newton en Berlin #Berlin,#Helmut,#Newton,#Polaroids,#Arte http://t.co/8Fb8sV8